Corría
el año 1992. Estaba cursando 5to de primaria en una escuela pública de mi
ciudad. Este año, como todos los otros, me encontraba encabezando el cuadro de
honor pues era muy bueno estudiando, especialmente en matemática y español.
Como era costumbre en mi aula, el profesor le pedía a los más adelantados a que
asistiéramos a quienes iban retrasados en los logros del año. A mí me
correspondió al que llamábamos el “bobo grande”. Fue hace tanto tiempo que no recuerdo
su nombre pero sí muy bien su aspecto: era gigante, con el rostro lleno de acné
evidenciando que no compartía nuestra edad promedio (11 años). Recuerdo muy
bien su cara. Le costaba entender matemáticas, hasta las cosas más sencillas,
lo cual me asombraba: ’¿cómo no puede entender este tan simple?‘, me preguntaba
mentalmente, para proceder a explicarle de nuevo. Sí, era muy malo para las
matemáticas pero ¡nadie dibujaba como él! Era extraordinario en ese aspecto y,
viéndolo en perspectiva ahora, yo era un “bobo” en cuanto a mi capacidad
artística (bueno, todavía lo soy).
Por
años se pensó, y en algunas mentes todavía persiste la idea, que la persona
inteligente es aquella que tiene habilidad para los números o para el lenguaje
llevando a que personas que eran excelentes en otros campos del conocimiento
pensaran que realmente estaban descalificados para avanzar en esta sociedad.
Afortunadamente, gracias a muchas investigaciones y especialmente al trabajo
del psicólogo y pedagogo Howard Gardner la sociedad está pasando a entender, poco a poco,
que hay muchos tipos de inteligencia y que cada uno de nosotros debe descubrir
cuál es la nuestra para potenciar, en base a ella, nuestro desarrollo humano
integral.
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